Una pausa por café...
Tengo la ridícula costumbre de levantarme temprano en fin de semana. Tengo la fortuna de no tener obligación particular de levantarme a ninguna hora en particular, pero aun así lo hago. Cuando comento esto, la mayoría de mis conocidos me mira como si acabaran de darse cuenta de que soy leproso y han compartido demasiadas comidas conmigo sin saberlo.

Ocurre casi siempre de la misma forma. Mis gatas comienzan una puesta en escena en donde los cuerpos de mi esposa y el mío tienden a convertirse en escenario involuntario de sus aventuras. A veces arman una escena de pelea nivel Romeo y Mercurio. A veces retoman la escena del T-1000 persiguiendo a John Connor a pie mientras John es rescatado en motocicleta por el T-800. A veces simulan una tórrida escena de romance justo entre mis piernas. Invariablemente, ya sea por las acrobacias de su escena o por los controvertidos maullidos emitidos, termino por levantarme a darles de comer cerca de las 6 de la mañana. Hasta ahí, no me diferencio mucho de cualquier dueño de mascotas felinas.
El problema ocurre después, cuando, en vez de regresar a la cama a interponer recursos legales a Morfeo por un par de horas más de sueño, me dirijo a la cocina para mi momento favorito del día. Relleno la cafetera de agua, cuento mis cucharadas de un delicioso café oaxaqueño con canela molida y oprimo el botón de encendido, que muy bien pudiera yo llamar el botón de la felicidad.
Quizás fue observar a Josefina, mi madre, hacer esta rutina todas las mañanas. Con menos pasos y usando un café soluble malísimo, pero rutina de café finalmente. Se levantaba con todas las prisas del mundo a levantarme, hacerme el desayuno, preparar mis útiles y planear su día. Para cuando salía yo de bañarme, era un huracán de actividad esa mujer. Pero cuando fui un poco mayor, al final de la secundaria, comencé a despertarme un poco más temprano. Ya no tenía que arrastrarme (literalmente) al baño ella. Y me comenzaba a hacer responsable de mis útiles (es decir, ya los olvidaba yo sin ayuda de ella). Y noté algo.

Mi madre, Josefina, tomaba café por aproximadamente 15 minutos, durante mi tiempo de bañarme, totalmente relajada. Se sentaba a la mesa de la cocina, veía por la ventana que daba al patio sin hacer nada. Callada, tranquila, sin hacer nada. Un par de años después comencé a tomar café y empezaba a acompañarla a tener estos momentos de paz. Con el tiempo me di cuenta de que el café tenía un gancho hermoso para ella. El café era el camino a la pausa. A la reflexión. A la observación clandestina de una vida ajetreada que no necesitaba consentimiento.
Entonces yo, en mis escapadas muy matutinas de la vida, espero con ansia el café. Y entonces llega mi taza. Por unos momentos, de pronto puedo sentarme a observar. Observar lo que hay enfrente de mí, lo que tengo que agradecer y todo lo que ha tenido que pasar para que hoy pueda estar frente a mi monitor por las mañanas, con la mujer de mis sueños dormida en la cama, mis gatitas rondando mis pies en la oficina y mi café en la mano.
Y entonces el café es mucho más importante que un par de horas de sueño.
Sin querer, cambié la ventana por un monitor, el hijo con desorden de sueño por gatas en protesta de hambre por la madrugada, pero no cambié la pausa: la heredé.



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