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Café por la mañana...

  • Foto del escritor: Cole Bracho
    Cole Bracho
  • hace 11 minutos
  • 3 min de lectura

Son las siete de la mañana de un domingo. Algunos de mis amigos me han llamado cosas poco halagadoras por esta costumbre mía de estar despierto tan temprano. A veces abro los ojos incluso antes, aunque no puedo considerarme oficialmente despierto hasta que abandono la cama. Me refresco brevemente en el baño y salgo a la sala para alimentar a mis tres gatas. Cuando termino, observo lo que hay a mi alrededor.


Vivo bien, no lo niego. Podría estar mejor, claro. También podría estar mucho, mucho peor. Todo depende del cristal con que se mira.

¿Pero qué significa realmente eso?


Hace poco comencé a ejercitarme con mayor disciplina. Hace poco empecé a interesarme no solamente en el sabor efímero de la comida, sino también en lo que le hace a mi cuerpo. Y hace poco decidí hacer lo que quiero, no únicamente aquello que me paga bien.

Después de veintitrés años, dejé una lucrativa carrera en ventas de reservaciones hoteleras para dedicarme por completo a un proyecto personal.

¿Y qué significa eso?


Normalmente, en estas mañanas me siento frente al monitor. Escribo un poco, reviso las novedades de las redes sociales, adelanto algún trabajo de la semana o me entretengo con uno de mis pequeños proyectos de desarrollo personal.

Pero hoy no tuve ganas.


Después de alimentar a mis felinas, salí al balcón de mi departamento. Tuve la fortuna de comprarlo a un precio absurdamente bajo y, además, tiene una vista maravillosa. Quienes más la disfrutan son ellas: Auri, Lea y Prue, las mininas antes mencionadas.

Hasta junio de este año no comprendía su obsesión por salir al balcón. Hoy decidí acompañarlas.


Los rayos de la mañana ya iluminaban la alberca en el centro del fraccionamiento. Los pájaros revoloteaban para deleite de las tres felinas y los sonidos del amanecer inundaban un Cancún casi completamente dormido. Aquí, las siete de la mañana de un domingo son prácticamente las tres de la madrugada en cualquier otra ciudad.

No se escuchaban motores ni conversaciones. Solamente el rumor de pájaros distantes, el viento y uno que otro avión madrugador llegando a la ciudad.


Paz.


Hace aproximadamente nueve años me convertí en emprendedor de medio tiempo. Tengo una cafetería que ha crecido poco a poco, pero hasta ahora no había reunido la fe suficiente para entregarle todo mi tiempo, mi esfuerzo y mi salto hacia lo desconocido.

El camino ha sido arduo, a veces terrible y siempre lleno de incertidumbre. Sin embargo, se reveló ante mí y no quise quedarme con las ganas de explorarlo. Quise tomar todo lo que soy y ponerlo a trabajar a mi favor.


Han sido horas largas, preocupaciones constantes y la sensación recurrente de no saber cuál debe ser el siguiente paso. De hecho, probablemente trabajo más ahora que cuando era vendedor de tiempo completo y cafetero de medio tiempo.

Y, aun así, ha sido maravilloso.


Me sirvo un café caliente, uno de esos cuyo aroma comienza a despertarte antes del primer sorbo. Salgo nuevamente al balcón con mis niñas peludas y me siento en una pequeña banca.


Durante treinta minutos, todo parece haber valido la pena.

Los veintitrés años de trabajo. Los cuarenta y tres de vida. Las decisiones correctas y las equivocadas. Todo me ha traído hasta esta mañana en la que sé que hay una mujer maravillosa todavía durmiendo en mi cama, tres gatas preciosas contemplando el mundo conmigo, un proyecto nacido de mi pasión que funciona, con todos sus bemoles, una familia amorosa y amigos fieles.


Pero, por encima de todo, hay paz.

Quizás la sabiduría de las felinas viene de no juzgar si viven bien o viven "mal" sino que aceptan y disfrutan la versión que les toco contemplar. Casi todo lo que los sentidos perciben es efímero, pero esa paz que se puede lograr adentro, solo la puedes encender y apagar tu, cuando miras con el cristal adecuado tu vida.


Tal vez por eso, hoy el balcón me llamó. Como recordatorio que no todos los días son para resolver algo o para lidiar con algun tema o siquiera para preocuparse. Algunos días nacen solo para recordarnos la paz y, si le damos tiempo a esos días, se puede volver una forma de vivir en vez de un recordatorio nada mas. A veces solo es mirar la quietud para recordarnos por que vale la pena todo.


Y así comencé a las 7am mi mañana acariciando a tres gatitas y pensando "¿Con que cristal estoy mirando?"

 
 
 

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